Después de recorrer los tres grandes bulevares de Entrenúcleos —Manuel Clavero Arévalo, Felipe González Márquez y José Rodríguez de la Borbolla—, la conclusión no debería ser simplemente que unos están mejor o peor conservados que otros. Cada uno presenta problemas diferentes, pero también comparten una cuestión de fondo: la necesidad de pasar de una concepción ornamental de la vegetación a una gestión del arbolado y de las zonas verdes entendida como verdadera infraestructura urbana.

Plano y fotografía aérea de los cuatro bulevares. En el centro, se aprecia la futura plaza elevada ajardinada a la que confluyen los bulevares, que se disponen a modo de aspas (líneas verdes en plano) a su alrededor. Imágenes tomadas de Google Earth.

Los tres cuentan con árboles, superficies ajardinadas, recorridos peatonales y espacios destinados a la estancia. En mayor o menor medida, todos pueden ser considerados espacios verdes. Pero que un bulevar tenga vegetación no significa automáticamente que funcione como infraestructura verde. Para ello habría que comprobar algo bastante más concreto: qué sombra proporciona, cuánto suelo permeable ofrece, qué cantidad de agua consume, cómo se desarrolla su arbolado, qué confort genera y qué capacidad tendrá para seguir funcionando dentro de diez, veinte o treinta años.

Hay, además, una cuestión común que se repite en los tres: el árbol parece haber sido considerado como un elemento aislado dentro de un diseño más amplio, en lugar de como un organismo cuyo crecimiento condicionará y será condicionado por el suelo, el riego, los pavimentos, el césped, las instalaciones y las labores de mantenimiento.

En Manuel Clavero Arévalo esta cuestión se hace especialmente visible en la convivencia entre césped, olivos y otras especies arbóreas, con necesidades hídricas diferentes, y en los conflictos que pueden aparecer entre raíces, pavimentos y espacio disponible. Felipe González Márquez lleva el problema a una escala mayor: grandes superficies ajardinadas y una diversidad razonable de especies plantean la necesidad de preguntarse si el diseño consigue realmente transformar esa masa vegetal en sombra y confort térmico, o si buena parte de la vegetación funciona principalmente como componente paisajístico. En José Rodríguez de la Borbolla, finalmente, el problema aparece de una forma mucho más cruda: el mantenimiento está dejando huella física sobre los propios árboles, con daños reiterados en la base de los troncos, ejemplares desaparecidos, tutores que permanecen junto a árboles adultos y estructuras vegetales que todavía no cumplen plenamente la función para la que fueron concebidas. Son problemas diferentes, pero tienen un denominador común: la falta de una evaluación suficientemente sistemática de lo que ocurre después de plantar.

Por eso, una primera actuación común para los tres bulevares debería ser un inventario individualizado del arbolado. No solo un listado de especies, sino una auténtica ficha de cada ejemplar: especie, dimensiones, diámetro de copa, estado, espacio disponible para raíces, necesidades hídricas, incidencias, conflictos con infraestructuras y previsión de crecimiento. Ese inventario debería permitir saber qué árboles están funcionando, cuáles necesitan actuaciones correctoras y cuáles presentan una adaptación deficiente.

A partir de ahí sería posible elaborar un mapa de cobertura arbórea y sombra efectiva. Contar árboles es relativamente sencillo; saber cuánta sombra proporcionan a las personas es bastante más útil. Habría que identificar especialmente los recorridos peatonales, bancos, zonas estanciales, áreas de juego y otros puntos de permanencia, y medir qué porcentaje de estos espacios permanece sombreado durante las horas de mayor insolación. Así podríamos sustituir la habitual pregunta de “¿cuántos árboles hay?” por otra mucho más interesante: ¿cuánta sombra producen?

El suelo debería recibir un tratamiento similar. Sería necesario conocer la superficie y el volumen de suelo disponible para cada árbol, identificar las zonas donde las raíces ya están entrando en conflicto con pavimentos y estudiar la ampliación o conexión de alcorques cuando exista espacio. Un árbol necesita suelo tanto como necesita agua; y el hecho de que no podamos verlo no significa que no exista.

También sería conveniente revisar las superficies de césped de los tres bulevares. No se trataría de iniciar una cruzada contra el césped, sino de determinar dónde cumple realmente una función y dónde responde fundamentalmente a una decisión estética. Las superficies destinadas a estancia, juego o determinados usos pueden justificar su presencia; otras podrían admitir acolchados, cubiertas vegetales o soluciones de menor consumo.

Esta cuestión conduce directamente al agua. Los tres espacios deberían disponer de una sectorización hidráulica coherente con los diferentes tipos de vegetación, evitando que árboles y césped reciban el mismo tratamiento simplemente porque están próximos. El indicador sería muy sencillo: litros por metro cuadrado y temporada, diferenciados por tipo de vegetación. Y sería todavía más interesante relacionar ese consumo con la superficie de sombra y la cobertura vegetal realmente obtenidas.

Porque una de las variables que deberíamos empezar a manejar es precisamente esa: qué obtenemos a cambio del agua que utilizamos.

A estas medidas comunes habría que añadir las actuaciones específicas que reclama cada bulevar. En Manuel Clavero Arévalo, el esfuerzo debería concentrarse en corregir la relación entre césped, riego y arbolado, ampliar cuando sea posible el suelo disponible y estudiar soluciones que permitan reducir el consumo sin comprometer la función del espacio.

Izq.: Estado actual en una zona del Bulevar Manuel Clavero Arévalo. Dcha.: Posible alternativa, zonificación de plantas según demanda hídrica, protección de alcorques (hecho con IA).

En Felipe González Márquez, el objetivo debería ser comprobar si la importante inversión vegetal existente está generando realmente una infraestructura climática. Aquí tendría especial interés un mapa de sombra y confort térmico, complementado con mediciones de temperatura superficial y condiciones de radiación en puntos representativos. La diversidad de especies también debería analizarse desde el punto de vista de su adaptación, crecimiento y demanda hídrica, no únicamente desde su valor ornamental.

Izq.: Estado actual en una zona del Bulevar Felipe González Márquez. Dcha.: Posible alternativa, eliminación de césped de jardineras, incremento del volumen de sombreado (copas más pérgola), protección de alcorques (hecho con IA).

En José Rodríguez de la Borbolla, la prioridad debería ser otra: proteger el arbolado del propio mantenimiento. Sería necesario establecer zonas de protección alrededor de los troncos, eliminar prácticas que provoquen daños mecánicos, revisar los tutores que ya no cumplen función y analizar las causas de mortalidad de las jacarandas antes de proceder a nuevas reposiciones. Las pérgolas y sus trepadoras también deberían someterse a un seguimiento específico para comprobar si están alcanzando la cobertura prevista.

Izq.: Estado actual en una zona del Bulevar José Rodríguez de la Borbolla. Dcha.: Posible alternativa, protección de alcorques y base de troncos, zonificación de espacios encespedados (hecho con IA).

Todo ello debería integrarse en un programa específico de seguimiento e inspección, independiente del mantenimiento ordinario de los jardines municipales, que se presta mediante los correspondientes contratos externalizados. No se trataría, por tanto, de incorporar una tarea más a las labores habituales de mantenimiento, sino de establecer un sistema de evaluación técnica que permita comprobar de forma periódica cómo evolucionan estos espacios, detectar posibles deficiencias y valorar los resultados que está produciendo su gestión. Para ello, debería establecerse una periodicidad de seguimiento adecuada, en función de las características y necesidades de cada espacio.
Estas inspecciones deberían registrar, al menos, la supervivencia de los ejemplares, el desarrollo de las copas, el incremento real de la sombra, el estado fitosanitario, el consumo de agua, los conflictos radiculares, los daños ocasionados por las labores de mantenimiento y la evolución de las superficies permeables. Pero no sería necesario esperar a disponer de una larga serie de datos para empezar a actuar. Los tres bulevares ya construidos permiten identificar problemas, aciertos y decisiones de diseño que son apreciables sobre el terreno y que deberían servir desde ahora para introducir correcciones en el cuarto. Así, el cuarto debería incorporar desde su diseño las soluciones derivadas de lo que ya ha funcionado —y, sobre todo, de lo que no— en los tres primeros. Porque no basta con plantar y esperar: también hay que observar, corregir y aprender antes de volver a plantar.

No tendría demasiado sentido construir un cuarto bulevar siguiendo exactamente los mismos criterios y descubrir dentro de unos años que hemos conseguido reproducir también los mismos problemas. El cuarto debería ser, precisamente, el resultado de haber aprendido de los tres primeros.

Al final, los tres recorridos conducen a una misma idea. Un bulevar verde no debería evaluarse por la cantidad de vegetación que aparece en una fotografía aérea ni por lo verde que parece el día de su inauguración. Una infraestructura verde se demuestra con indicadores: sombra, suelo, agua, supervivencia, crecimiento, confort y mantenimiento.
Y hay algo particularmente interesante en todo este proceso. Las soluciones no requieren necesariamente más árboles, más césped o más elementos ornamentales. En algunos casos requieren exactamente lo contrario: mejor selección, mejor distribución, más suelo para las raíces, menos césped donde no aporta una función clara, riego más preciso y un mantenimiento que no convierta al árbol en víctima de la maquinaria que supuestamente viene a cuidar el espacio.

Porque quizá el verdadero salto conceptual consista en dejar de preguntar si los tres bulevares son “verdes” y empezar a preguntar qué servicios ambientales prestan y cuánto cuesta mantenerlos. Entonces sí podremos saber si estamos ante tres grandes avenidas con vegetación o ante el principio de una verdadera red de infraestructura verde.

Y, al hilo de todo esto, conviene recordar que una “zona verde” también se mantiene con responsabilidad ciudadana. Los perros tienen sus espacios; sus dueños, la obligación de utilizarlos y de recoger lo que corresponda. Porque el diseño puede ser impecable, pero ningún proyecto contempla que el césped termine convertido en un improvisado catálogo de deposiciones.

Al final, un espacio público se mide también por el uso que hacemos de él. La gestión pone el parque; los usuarios ponemos el resto. Y algunos, además, dejan su firma.

Jesús Cuenca (Biólogo)
24/09/2026