Plaza de los Jardines, acuarela digital del artista Dragonsur

Normalmente intento que los artículos de esta web no se conviertan en pruebas de resistencia para el lector. Por eso, lo habitual es que no pasen de página y media o dos páginas. Además, como estos textos terminan circulando por distintos sitios, conviene no poner a prueba la capacidad de concentración de nadie más de lo estrictamente necesario.

Pero esta vez hay una pequeña excepción. Y tiene su paradoja: he necesitado escribir bastante más para explicar algo que, en principio, debería ser bastante sencillo de entender: quién se ocupa de cuidar los parques, los jardines y los árboles de Dos Hermanas, y cómo se organiza esa tarea.

El problema es que detrás de un árbol, una poda, un sistema de riego o una zona verde hay bastante más de lo que se ve a simple vista: contratos, presupuestos, técnicos, empresas, planificación y, sobre todo, decisiones cuyos efectos no se miden en meses, sino en años y décadas. De ahí que este artículo se haya alargado más de lo habitual. No es que haya perdido definitivamente mi capacidad de síntesis —o eso quiero pensar—, sino que resulta complicado explicar la gestión de un patrimonio que puede tardar décadas en crecer utilizando únicamente el espacio de dos páginas.

Así que pido disculpas por la extensión. Prometo volver a la brevedad habitual en el próximo artículo. Aunque, puestos a hablar de árboles, tampoco debería preocuparnos demasiado: ellos llevan siglos demostrando que no tienen ninguna prisa.

¿QUIÉN CUIDA DE QUIENES CUIDAN NUESTROS JARDINES? LA OFICINA TÉCNICA, LA GRAN OLVIDADA DE LOS CONTRATOS DE MANTENIMIENTO


Hay preguntas que rara vez aparecen cuando se habla de la gestión de los parques y jardines de una ciudad. Los ciudadanos solemos fijarnos en si el césped está bien segado, si las flores lucen en primavera o si un árbol necesita una poda porque invade una fachada o presenta riesgo de caída. Incluso protestamos, con razón, cuando un parque presenta un aspecto descuidado o una fuente ornamental permanece semanas sin funcionar. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar quién decide que todo ese trabajo se realice, quién establece las prioridades de actuación, quién comprueba que las empresas cumplen con lo contratado o quién controla que los millones de euros que los ayuntamientos destinan cada año al mantenimiento de sus zonas verdes se gasten de forma eficiente. La respuesta no está en la brigada que esa mañana está podando un ficus ni en el encargado que organiza el trabajo diario de las cuadrillas. Tampoco, aunque pueda sorprender a algunos, está en la empresa adjudicataria del servicio. La respuesta tiene un nombre mucho menos conocido: la oficina técnica municipal. Paradójicamente, cuanto mayor es el contrato de mantenimiento, más desapercibida resulta la estructura que debe dirigirlo y controlarlo. Quizá porque la buena gestión nunca sale en las fotografías de inauguración, ni genera titulares, ni suele ser objeto de reconocimiento público. Nadie convoca una rueda de prensa para anunciar que se ha revisado correctamente una certificación mensual, que se ha actualizado el inventario del arbolado o que una inspección ha detectado un incumplimiento antes de que produzca consecuencias. Sin embargo, de ese trabajo silencioso depende, en gran medida, que el patrimonio verde de una ciudad se conserve adecuadamente.

En las próximas líneas queremos reflexionar sobre ese papel, analizando cómo ha evolucionado el modelo de gestión de los servicios municipales de Parques y Jardines, por qué los contratos actuales poco tienen que ver con los de hace apenas treinta años y, finalmente, plantear una cuestión que creemos tan pertinente como incómoda: si la estructura técnica del Ayuntamiento de Dos Hermanas resulta suficiente para dirigir y controlar un contrato de mantenimiento que supera los diez millones de euros anuales. No pretendemos sentar cátedra ni repartir certificados de buena o mala gestión. Nos conformamos con formular algunas preguntas que, curiosamente, casi nunca aparecen cuando se habla de jardinería pública. Y quizá esa sea la primera paradoja: discutimos durante horas sobre quién corta el césped, pero apenas dedicamos unos minutos a hablar de quién controla que ese césped se corte cuando debe, donde debe y conforme a los criterios establecidos.

El mantenimiento de los jardines públicos ha experimentado una transformación radical durante las últimas décadas. Hace no tanto tiempo, la mayor parte de los ayuntamientos prestaban este servicio con medios propios. Existían brigadas municipales perfectamente identificadas, encargadas de realizar las podas, las plantaciones, los riegos o las labores de conservación ordinaria, mientras que la oficina técnica desempeñaba un papel más reducido, centrado principalmente en la organización de los trabajos y la resolución de las incidencias más relevantes. Era un modelo relativamente sencillo porque también lo eran las ciudades, las superficies ajardinadas y las exigencias ambientales de la época. Pero las ciudades crecieron, y con ellas crecieron también las zonas verdes, el número de árboles, las instalaciones de riego, las infraestructuras asociadas y, por supuesto, las expectativas de los ciudadanos. Al mismo tiempo, las administraciones comenzaron a enfrentarse a limitaciones presupuestarias, restricciones para incorporar nuevo personal y una legislación sobre contratación pública cada vez más compleja. La consecuencia fue una tendencia prácticamente generalizada hacia la externalización del mantenimiento de las zonas verdes.

Desde un punto de vista organizativo, la decisión tenía sentido y continúa teniéndolo en muchos casos. Las empresas especializadas disponen de una capacidad operativa difícilmente igualable por una administración pública. Pueden movilizar con rapidez un elevado número de trabajadores, incorporar maquinaria específica, reorganizar recursos según las necesidades de cada campaña y aportar perfiles técnicos especializados que permiten ejecutar contratos cada vez más complejos. Nadie puede negar que este modelo ha contribuido a profesionalizar la conservación de los espacios verdes y a dotar a los ayuntamientos de una mayor flexibilidad para gestionar servicios que hoy alcanzan dimensiones impensables hace apenas tres décadas.

Vista del Parque de la Alquería. Acuarela digital del artista nazareno Dragonsur

El problema comienza cuando alguien interpreta que externalizar equivale a desentenderse. Son dos conceptos completamente distintos, aunque a veces parezca que se utilizan como sinónimos. Externalizar significa contratar la ejecución material de unos trabajos; nunca delegar la responsabilidad técnica de dirigirlos. Una empresa puede organizar perfectamente la conservación de un parque, pero no puede sustituir al Ayuntamiento en las funciones que la legislación le atribuye como responsable último del servicio público. Puede decidir cómo distribuir sus brigadas, cómo optimizar sus recursos o cómo programar las tareas diarias para cumplir el contrato, pero no puede establecer las prioridades estratégicas de la ciudad, interpretar el pliego de condiciones, validar las certificaciones económicas, imponer penalizaciones, aprobar modificaciones contractuales o decidir los criterios de conservación del patrimonio vegetal. Esa responsabilidad sigue correspondiendo exclusivamente a la Administración.

Y, sin embargo, conviene reconocer que en ocasiones parece existir cierta confusión sobre esta cuestión. Se exige a las empresas adjudicatarias una estructura técnica cada vez más sofisticada, integrada por ingenieros, jefes de servicio, encargados, especialistas en riego, técnicos de calidad, responsables de prevención y personal administrativo. Se les exige disponer de aplicaciones informáticas, inventarios georreferenciados, sistemas de control de calidad y protocolos de actuación para prácticamente cualquier circunstancia imaginable. Todo ello es razonable y responde a la complejidad de los contratos actuales. Lo que ya resulta menos razonable es dar por hecho que toda esa organización puede ser supervisada eficazmente desde una oficina municipal reducida, cuyos técnicos deben atender simultáneamente inspecciones de campo, informes, expedientes administrativos, reclamaciones ciudadanas, reuniones, proyectos, autorizaciones de tala, certificaciones económicas y cualquier otra incidencia que aparezca a lo largo de la jornada. La Administración española parece confiar, en ocasiones, en una cualidad extraordinaria de sus técnicos: el don de la ubicuidad.

Precisamente por esa razón muchas ciudades han evolucionado hacia modelos mixtos que, probablemente, representan la solución más equilibrada. Sevilla y Málaga constituyen dos buenos ejemplos. En ambas, el mantenimiento ordinario de la mayor parte de las zonas verdes está externalizado, pero los ayuntamientos conservan brigadas propias para intervenir en jardines históricos, parques emblemáticos y espacios cuyo valor patrimonial aconseja una gestión directa. El Parque de María Luisa, en Sevilla, o los Jardines de Puerta Oscura, en Málaga, ilustran perfectamente esta filosofía. No se trata únicamente de conservar césped, árboles o arbustos; se trata de preservar espacios que forman parte de la identidad de la ciudad y cuya gestión requiere continuidad, experiencia y un conocimiento que difícilmente puede depender exclusivamente de la duración de un contrato administrativo. En estos casos, las brigadas municipales aportan memoria técnica y continuidad, mientras que las empresas aportan capacidad operativa y flexibilidad. Ambos modelos no compiten; se complementan.

Quizá esa sea la principal enseñanza que han dejado treinta años de externalización. El debate ya no consiste en decidir si el mantenimiento debe ser público o privado. Ese planteamiento pertenece, en gran medida, al pasado. La verdadera cuestión es otra mucho más interesante: ¿dispone el Ayuntamiento de la capacidad técnica suficiente para dirigir el servicio que ha decidido externalizar? Porque externalizar no significa abdicar, del mismo modo que contratar a un arquitecto no convierte al propietario de una vivienda en un mero espectador de la obra. La empresa ejecuta el contrato; el Ayuntamiento debe dirigirlo. Y esa diferencia, aparentemente sutil, es la que explica por qué la oficina técnica se ha convertido, sin hacer ruido y casi siempre lejos de los focos, en la pieza más importante de todo el engranaje.

Avda Matías Prats, artista digital Dragonsur

Del pliego de la desbrozadora al pliego de la Agenda 2030

Si alguien recuperara un pliego técnico de mantenimiento de zonas verdes redactado a finales de los años noventa y lo comparara con uno de los que hoy salen a licitación en cualquier gran ayuntamiento, probablemente pensaría que pertenecen a dos profesiones distintas. En realidad, hablan del mismo oficio. Lo que ha cambiado es la forma de entenderlo. Y mucho.

Los pliegos de hace treinta años respondían a una jardinería eminentemente operativa. El documento describía con bastante detalle qué trabajos debía ejecutar el contratista: siegas, podas, escardas, riegos, abonados, reposición de marras, tratamientos fitosanitarios, limpieza de parterres y poco más. También establecía unas frecuencias relativamente rígidas. Si el césped debía segarse cada quince días, se segaba cada quince días; si los setos debían recortarse dos veces al año, se recortaban dos veces al año. El Ayuntamiento comprobaba que aquellas labores se habían realizado y certificaba el servicio. Era un sistema sencillo porque el objetivo también lo era: verificar que las tareas previstas se ejecutaban conforme al calendario.

Hoy ese planteamiento resulta insuficiente. Las ciudades han cambiado, los jardines también y, sobre todo, han cambiado las exigencias de los ciudadanos. Ya no basta con que el césped esté cortado; se espera que presente un buen estado vegetativo, que el riego sea eficiente, que las especies elegidas consuman menos agua, que el arbolado sea seguro, que los tratamientos fitosanitarios respeten el medio ambiente y que todo ello contribuya a mejorar la calidad de vida urbana. En definitiva, la jardinería pública ha dejado de ser un conjunto de labores para convertirse en una disciplina de gestión ambiental.

Esa transformación se refleja perfectamente en los pliegos técnicos actuales. El objeto del contrato ya no consiste únicamente en conservar jardines. Ahora incluye el mantenimiento del arbolado viario, jardineras, fuentes ornamentales, sistemas de riego, mobiliario, caminos, áreas estanciales y, en muchos casos, la actualización permanente del inventario del patrimonio vegetal. Al contratista ya no se le exige únicamente mano de obra y maquinaria; también debe aportar organización técnica, sistemas de información, personal cualificado, protocolos de actuación y herramientas digitales capaces de registrar absolutamente todo lo que ocurre en el contrato.

La diferencia no es menor. Mientras que hace veinte o treinta años bastaba con acreditar que se había realizado una poda, hoy es necesario justificar por qué se poda, qué criterios técnicos se han seguido, qué riesgo presentaba el ejemplar, cómo queda registrada la actuación y cuál será el seguimiento posterior. La jardinería ha dejado de medirse por el número de horas trabajadas para empezar a evaluarse por la calidad del resultado.

Y aquí aparece otro cambio silencioso, pero de enorme trascendencia: la digitalización. Durante décadas las órdenes de trabajo viajaban en carpetas, las incidencias se anotaban en papel y los inventarios consistían en voluminosos archivadores que terminaban desactualizados antes incluso de completarse. Hoy los grandes contratos funcionan mediante plataformas informáticas donde cada actuación queda registrada, georreferenciada y asociada a una fecha, un operario, un coste y una ubicación concreta. Las incidencias ciudadanas llegan a través de aplicaciones móviles, las inspecciones se documentan con fotografías geolocalizadas y las certificaciones económicas descansan sobre miles de datos que permiten conocer con precisión qué se ha hecho, cuándo se ha hecho y quién lo ha hecho.

Naturalmente, toda esa información tiene un enorme valor. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿de qué sirve disponer de miles de datos si nadie tiene capacidad para analizarlos? Porque conviene no confundir información con conocimiento. Un contrato puede generar millones de registros informáticos y, sin embargo, seguir gestionándose por intuición si la Administración carece de una estructura técnica capaz de interpretar esa información y convertirla en decisiones.

No deja de resultar curioso que la Administración exija a las empresas adjudicatarias sistemas de gestión cada vez más sofisticados mientras, en ocasiones, parece conformarse con disponer de una estructura municipal prácticamente idéntica a la que existía cuando los pliegos cabían en una carpeta de anillas. Es como comprar un avión de última generación y seguir utilizando una torre de control diseñada para una pista de aeromodelismo. El problema no es el avión; el problema es creer que puede pilotarse solo.

Los pliegos actuales también han incorporado conceptos que hace apenas dos décadas eran prácticamente inexistentes. Hoy se habla de biodiversidad urbana, infraestructura verde, adaptación al cambio climático, eficiencia energética, economía circular, reducción del consumo de agua, control biológico de plagas, resiliencia del arbolado o captura de carbono. La jardinería pública ha dejado de limitarse a embellecer las ciudades para convertirse en una herramienta de salud pública, sostenibilidad y adaptación ambiental. Los árboles ya no son únicamente elementos ornamentales; forman parte de la estrategia climática de las ciudades. Los sistemas de riego ya no se diseñan solo para que las plantas sobrevivan, sino para optimizar cada litro de agua consumido. Incluso la elección de una especie vegetal responde cada vez más a criterios de resiliencia frente a episodios de sequía o temperaturas extremas.

Todo ello ha incrementado notablemente la responsabilidad de la oficina técnica municipal. Si hace treinta años el inspector comprobaba principalmente que una labor se había ejecutado, hoy debe interpretar indicadores agronómicos, supervisar auditorías de riego, validar evaluaciones de riesgo del arbolado, controlar la ejecución de tratamientos fitosanitarios, analizar consumos hídricos, verificar inventarios digitales y comprobar que los indicadores de calidad comprometidos por la empresa se corresponden con la realidad observada sobre el terreno. En otras palabras, ha pasado de inspeccionar tareas a dirigir un sistema complejo de gestión del patrimonio verde.

Y, sin embargo, todavía persiste una idea tan extendida como equivocada: que externalizar un servicio reduce las necesidades técnicas del Ayuntamiento. La realidad demuestra exactamente lo contrario. Cuanto más sofisticado es un contrato, mayor capacidad técnica necesita la Administración para dirigirlo. Una empresa puede organizar magníficamente su trabajo, pero nunca será quien determine si ese trabajo responde al interés público. Esa responsabilidad sigue siendo exclusivamente municipal.

Quizá por eso resulte tan llamativa la evolución de los propios pliegos de licitación. Hoy exigen a las empresas ingenieros, jefes de producción, técnicos especialistas, plataformas informáticas, sistemas de calidad, protocolos ambientales, inventarios permanentemente actualizados, controles de seguridad, auditorías de riego y mecanismos de autoevaluación. En cambio, pocas veces encontramos una reflexión paralela sobre la estructura que el Ayuntamiento necesita para controlar todo ese despliegue técnico. Se presupone que la Administración siempre tendrá capacidad suficiente. Y esa presunción, como tantas otras en la gestión pública, no siempre resiste el contraste con la realidad.

La evolución de los pliegos técnicos nos conduce a una conclusión difícilmente discutible: los contratos de mantenimiento de zonas verdes ya no consisten únicamente en cortar césped, podar árboles o plantar flores. Gestionan patrimonio, infraestructuras, biodiversidad, seguridad y recursos públicos por valor de millones de euros. Y si eso es así, parece lógico pensar que la oficina técnica encargada de dirigirlos también debería evolucionar al mismo ritmo. Porque los pliegos han entrado de lleno en el siglo XXI. La pregunta es si todas las estructuras municipales lo han hecho con ellos.

Jardines Casa del Arte, artista digital Dragonsur

El caso de Dos Hermanas: cuando los números empiezan a hacer preguntas

Y es precisamente aquí donde conviene abandonar la teoría y descender al terreno. O, mejor dicho, al césped. Porque las reflexiones anteriores tendrían poco interés si no fuéramos capaces de aplicarlas a un caso concreto. Y Dos Hermanas ofrece un ejemplo especialmente interesante por la dimensión que ha alcanzado su patrimonio verde y por el volumen económico del contrato actualmente en vigor.

Según datos del propio Ayuntamiento, la ciudad supera ya los 142.000 habitantes y cuenta con un índice de 16,4 metros cuadrados de zonas verdes por habitante. De acuerdo con estas cifras municipales, la superficie de espacios ajardinados se sitúa en torno a las 237 hectáreas. A ello se suman, siempre según datos del Ayuntamiento, aproximadamente 45.000 árboles de alineación distribuidos por el viario urbano, además de numerosas jardineras, parques infantiles, fuentes ornamentales, sistemas de riego automatizados y una amplia red de espacios verdes cuya conservación requiere una atención permanente. El mantenimiento de este conjunto de infraestructuras y espacios se articula mediante un contrato superior a los 10,7 millones de euros anuales, dividido en dos lotes, al que deben añadirse otros contratos específicos destinados a intervenciones de poda, tratamientos fitosanitarios y distintas actuaciones complementarias.

Hasta aquí, nada extraordinario. Muchas ciudades españolas gestionan cifras similares. Lo verdaderamente interesante aparece cuando uno formula una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuantos técnicos necesita un Ayuntamiento para dirigir y controlar un contrato de semejante magnitud?

Porque conviene recordar algo que con frecuencia se olvida. La empresa adjudicataria no es una cuadrilla con una desbrozadora al hombro. Detrás del servicio existe toda una organización integrada por ingenieros, jefes de servicio, encargados, administrativos, especialistas en riego, responsables de prevención, técnicos de calidad y personal dedicado exclusivamente a organizar el trabajo de más de ciento cincuenta operarios. Su obligación consiste en ejecutar el contrato en los términos establecidos por el Ayuntamiento. Y lo hacen con una estructura técnica acorde con la complejidad del servicio.

La pregunta, por tanto, no debería centrarse únicamente en cuántos trabajadores tiene la empresa, sino en si el Ayuntamiento dispone de una organización equivalente —no en tamaño, evidentemente, pero sí en capacidad técnica— para ejercer la dirección del contrato. Porque dirigir no significa ejecutar. Significa planificar, inspeccionar, interpretar, controlar y decidir. Y esas funciones siguen siendo exclusivamente públicas.

Según la información que hemos podido recopilar, el Servicio de Parques y Jardines, integrado actualmente en la Delegación de Hábitat Urbano, contaría con un jefe de servicio, un técnico de medio ambiente, un técnico de nivel 3, un jardinero y un auxiliar administrativo. Si esta estructura responde efectivamente a la realidad, resulta legítimo preguntarse si es suficiente para asumir todas las funciones que los actuales contratos de conservación exigen a la Administración.

No se trata de cuestionar la profesionalidad de quienes desempeñan su trabajo en el servicio. Todo lo contrario. Precisamente porque conocemos la complejidad de estas tareas sabemos que resulta materialmente imposible multiplicar las horas del día. Ningún técnico, por competente que sea, puede inspeccionar centenares de hectáreas, supervisar miles de árboles, revisar certificaciones económicas, elaborar informes, redactar proyectos, atender reclamaciones ciudadanas, participar en reuniones, tramitar expedientes administrativos y, además, planificar estratégicamente el futuro del patrimonio verde municipal. Los técnicos no hacen milagros. Gestionan el tiempo. Y el tiempo, por desgracia, no se licita.

Si analizamos las obligaciones que el propio pliego impone al Ayuntamiento, el dimensionamiento de la oficina técnica parece requerir una reflexión profunda. El contrato exige un seguimiento continuo de las órdenes de trabajo, inspecciones de campo, control de frecuencias, auditorías de los sistemas de riego, supervisión del arbolado urbano, comprobación de tratamientos fitosanitarios, evaluación de riesgos, validación de certificaciones mensuales, tramitación de penalizaciones, resolución de incidencias ciudadanas y elaboración de numerosos informes técnicos. Difícilmente puede sostenerse que semejante volumen de trabajo recaiga sobre una estructura mínima sin que ello termine afectando a la capacidad de control.

Por ello, una oficina técnica adaptada a un municipio de las características de Dos Hermanas debería configurarse como un equipo multidisciplinar. Al frente del servicio resultaría conveniente contar con un director técnico, preferentemente un ingeniero agrónomo o de montes, responsable de la planificación estratégica, la dirección facultativa del contrato y la coordinación con la Delegación de Hábitat Urbano. A esta figura debería sumarse, al menos, un técnico inspector con dedicación preferente al seguimiento diario de la ejecución del contrato y varios inspectores de campo capaces de realizar controles presenciales de las distintas zonas de conservación. La realidad demuestra que un contrato de esta dimensión no se supervisa únicamente desde un despacho ni mediante fotografías remitidas por la empresa adjudicataria. La inspección presencial continúa siendo insustituible.

La creciente digitalización del servicio aconseja igualmente incorporar un técnico especializado en sistemas de información geográfica, inventarios, gestión documental y elaboración de proyectos. Hoy buena parte de la información del contrato se genera en formato digital y exige conocimientos específicos para su tratamiento. Del mismo modo, una ciudad con alrededor de 45.000 árboles de alineación justificaría sobradamente la existencia de un especialista en gestión del arbolado urbano y evaluación del riesgo, especialmente cuando las administraciones públicas están sometidas a una creciente responsabilidad patrimonial derivada de posibles accidentes relacionados con el arbolado. Tampoco parece descabellado disponer de un técnico especializado en instalaciones hidráulicas y fuentes ornamentales, teniendo en cuenta la importancia económica y ambiental que tiene la gestión eficiente del agua en un contexto de sequía cada vez más frecuente. Finalmente, todo este trabajo necesita un soporte administrativo suficiente para gestionar expedientes, reclamaciones, certificaciones, control documental de las empresas y seguimiento económico del contrato.

Naturalmente, algunos podrían considerar que esta propuesta supone un incremento de personal. Es cierto. Pero quizá convenga formular la cuestión desde otra perspectiva. ¿Cuánto cuesta no controlar adecuadamente un contrato de más de diez millones de euros anuales? ¿Cuánto cuesta detectar tarde una deficiencia en un sistema de riego que desperdicia miles de metros cúbicos de agua? ¿Cuánto cuesta una reclamación patrimonial derivada de un árbol cuyo riesgo no fue correctamente evaluado? ¿Cuánto cuesta pagar certificaciones sin disponer de capacidad suficiente para verificar todos los trabajos ejecutados? La experiencia demuestra que la ausencia de control nunca resulta gratuita. Simplemente, sus costes aparecen más tarde y suelen ser bastante superiores.

Existe además un aspecto que conviene subrayar. Las empresas adjudicatarias cuentan con estructuras técnicas perfectamente organizadas cuya misión es ejecutar el contrato en los términos pactados. Corresponde a sus ingenieros distribuir recursos, coordinar brigadas, programar trabajos y resolver incidencias operativas. Pero esa organización, por competente que sea, nunca puede sustituir la dirección técnica que corresponde al Ayuntamiento. La empresa ejecuta el contrato; la Administración lo dirige. Parece una diferencia semántica, pero constituye el fundamento mismo de la contratación pública.

La oficina técnica representa, por tanto, la verdadera dirección facultativa del servicio. Es quien fija prioridades, interpreta el pliego, valida criterios técnicos, exige el cumplimiento de las obligaciones contractuales y adopta decisiones pensando exclusivamente en el interés general. Su función no consiste en decirle a la empresa cómo debe organizar sus cuadrillas, sino en comprobar que el resultado obtenido responde a los estándares de calidad que la ciudad merece.

Quizá haya llegado el momento de desterrar una idea que todavía sobrevuela algunos debates municipales: la de que externalizar un servicio permite reducir la estructura técnica de la Administración. La realidad demuestra justamente lo contrario. Cuanto mayor es el contrato, mayor debe ser la capacidad de control del Ayuntamiento. Cuanto más sofisticados son los medios que aporta la empresa, más preparada debe estar la oficina técnica para supervisarlos. Y cuanto más valioso es el patrimonio verde de una ciudad, más necesario resulta disponer de profesionales capaces de dirigir su conservación con criterios científicos y no únicamente administrativos.

No sabemos si la oficina técnica del Servicio de Parques y Jardines de Dos Hermanas está suficientemente dimensionada. Para afirmarlo sería necesario conocer con detalle su organización interna, la distribución real de funciones y los recursos de apoyo de los que dispone. Lo que sí sabemos es que las cifras invitan a formular la pregunta. Y las preguntas, cuando se apoyan en datos, suelen ser bastante más útiles que las respuestas apresuradas.

Porque, al final, el debate no consiste en quién corta el césped ni en quién poda los árboles. El verdadero debate consiste en quién piensa la ciudad que queremos dentro de veinte años. Los jardines pueden mantenerse mediante contratos; el patrimonio verde solo puede conservarse mediante una dirección técnica sólida, independiente y suficientemente dimensionada. Externalizar puede ser una magnífica decisión de gestión. Abdicar de la capacidad técnica del Ayuntamiento, sencillamente, no lo es.

Los árboles no entienden de contratos, pero sufren sus consecuencias

Al final de todo este análisis conviene volver a la cuestión esencial: las zonas verdes de una ciudad no son únicamente un servicio más dentro de la organización municipal. No hablamos solo de césped, arbustos, flores o árboles distribuidos por calles y parques. Hablamos de un patrimonio vivo que se construye lentamente, que requiere años de planificación y cuyas decisiones tienen consecuencias que, en muchos casos, superan ampliamente la duración de cualquier contrato administrativo.

Un contrato de mantenimiento puede durar tres, cuatro, cinco o incluso más años. Una legislatura municipal dura cuatro. Pero un árbol urbano puede acompañar a varias generaciones de ciudadanos. Esa diferencia temporal debería estar siempre presente cuando se toman decisiones sobre el paisaje urbano, porque mientras los contratos terminan, los árboles continúan creciendo, los parques siguen evolucionando y las decisiones técnicas adoptadas hoy condicionarán la ciudad del futuro.

En Dos Hermanas, además, existe una circunstancia que no puede pasarse por alto: el mismo grupo político lleva desde 1983 al frente del Ayuntamiento. Es decir, no estamos ante una Administración que acaba de asumir la gestión de un patrimonio verde que le resulta desconocido. Después de más de cuatro décadas de gobierno, debería existir un conocimiento profundo de la evolución de las zonas verdes del municipio, de sus necesidades y de los problemas acumulados. Por eso resulta difícil recurrir al argumento de que determinados ejemplares o especies son simplemente una «herencia» recibida de etapas anteriores, una explicación que puede tener sentido cuando se asume por primera vez la gestión de un patrimonio que no se ha podido planificar ni intervenir, pero que pierde fuerza cuando se ha tenido durante décadas la responsabilidad sobre su conservación y evolución.

Precisamente por eso, la gestión del arbolado y de las zonas verdes no puede reducirse únicamente al cumplimiento de unas obligaciones contractuales. Un pliego puede establecer frecuencias de poda, número de siegas, reposiciones o tiempos de respuesta ante incidencias, pero ningún documento administrativo puede sustituir el criterio técnico necesario para construir una infraestructura verde equilibrada, sostenible y preparada para los retos que afrontan las ciudades actuales.

La contratación pública es una herramienta imprescindible. Permite incorporar recursos, especialización y capacidad operativa. Pero una herramienta, por sofisticada que sea, necesita alguien que sepa utilizarla. Un buen contrato no garantiza por sí solo un buen servicio. Necesita una dirección técnica capaz de interpretarlo, exigir su cumplimiento y orientar sus resultados hacia el interés general.

Por eso la oficina técnica de parques y jardines debe dejar de entenderse como una simple unidad administrativa de apoyo. Es, en realidad, el núcleo de conocimiento del servicio. Es el lugar donde se conserva la memoria de la ciudad verde, donde se analizan los errores del pasado y donde se planifican las decisiones del futuro. Su trabajo no siempre es visible, pero sus consecuencias sí lo son: en la sombra de un árbol bien elegido, en un parque correctamente diseñado, en una red de riego eficiente o en una poda realizada con criterios técnicos.

Quizá uno de los mayores errores de la gestión moderna sea valorar únicamente aquello que se ve inmediatamente. Es fácil apreciar un jardín recién remodelado o una avenida con nuevas plantaciones. Mucho más difícil es reconocer el valor de quien ha evitado una mala elección de especies, quien ha detectado un riesgo antes de que ocurriera un accidente o quien ha planificado una renovación vegetal pensando en las próximas décadas.

En ocasiones se habla de las zonas verdes como un elemento ornamental de la ciudad. Esa visión resulta hoy claramente insuficiente. Los parques y jardines son infraestructuras urbanas de primer nivel. Reducen temperaturas, mejoran la calidad del aire, favorecen la biodiversidad, aportan espacios de convivencia y aumentan la calidad de vida de los ciudadanos. En un contexto marcado por el cambio climático y por episodios cada vez más frecuentes de calor y sequía, su correcta gestión deja de ser una cuestión estética para convertirse en una cuestión estratégica.

Y precisamente por esa importancia, la Administración no puede limitarse a contratar el mantenimiento y esperar resultados. Debe ejercer liderazgo técnico. Debe disponer de profesionales capaces de analizar, decidir y dirigir. Porque una ciudad puede tener una excelente empresa conservadora y, aun así, necesitar una oficina técnica municipal fuerte que marque el rumbo.

Los árboles no entienden de contratos, de lotes administrativos ni de cambios de adjudicatario. No saben si el mantenimiento lo realiza una empresa privada o una brigada municipal. Solo responden a las decisiones que se toman sobre ellos: la especie elegida, el lugar donde se plantan, el agua que reciben, la poda que soportan o el cuidado que reciben durante décadas. Por eso, cuando hablamos de mantenimiento de jardines públicos, en realidad estamos hablando de algo mucho más profundo: de cómo queremos construir nuestras ciudades y qué legado queremos dejar a quienes las habiten mañana.

Externalizar puede ser una buena solución. Contar con empresas especializadas puede aportar eficiencia y capacidad de respuesta. Pero ninguna ciudad debería externalizar aquello que nunca puede perder: el conocimiento, la planificación y la responsabilidad sobre su propio patrimonio verde.

Porque al final, los jardines no se mantienen solo con operarios, maquinaria y contratos. Se mantienen con criterio técnico. Y ese criterio, por encima de cualquier modelo de gestión, debe seguir teniendo una dirección pública.

Autor: Jesús Cuenca Rodríguez

Imágenes: Artista digital Dragonsur