El botijo lo sabe desde hace siglos. Su
funcionamiento es casi insultantemente sencillo: el barro es poroso y permite
que una pequeña cantidad de agua llegue hasta su superficie. Allí se evapora.
Pero para convertirse en vapor, el agua necesita energía, y esa energía la
obtiene del calor del propio botijo y del agua que contiene. Resultado: el agua
del interior se enfría. Sin electricidad, sin compresor y sin una aplicación
que te avise de que el botijo ha terminado de actualizarse.
Pero el árbol no se limita a evaporar agua: la toma
del suelo y la devuelve poco a poco a la atmósfera a través de sus hojas. A
este trasiego continuo de agua entre la tierra, la vegetación y el aire lo
llamamos evapotranspiración. El término reúne dos procesos que ocurren al mismo
tiempo: por un lado, la evaporación del agua del suelo y de las superficies
húmedas; por otro, la transpiración de las plantas. En conjunto, es una de las
principales vías por las que el agua abandona la superficie terrestre y vuelve
a la atmósfera.
Un árbol puede contribuir a refrescar una calle.
Muchos árboles pueden modificar el microclima de una ciudad. Pero imaginemos
ahora millones de árboles funcionando simultáneamente en un bosque tropical.
El bosque, por tanto, no se limita a recibir agua de la lluvia. También participa activamente en el movimiento de esa agua hacia la atmósfera y en el mantenimiento de unas condiciones húmedas que favorecen el ciclo de precipitaciones.
Y aquí es donde los tres protagonistas —botijo,
árbol y bosque tropical— empiezan a parecerse.
El botijo nos muestra, a pequeña escala, que
evaporar agua cuesta calor. El árbol utiliza ese mismo principio físico
mientras mueve agua desde el suelo hasta la atmósfera. Y el bosque tropical
convierte ese mecanismo en un fenómeno de escala gigantesca: millones de
plantas transfiriendo agua y energía entre el suelo y la atmósfera.
Y visto así, resulta bastante irónico: llevamos
siglos rodeados de árboles y tenemos un botijo que ya había entendido el
principio, pero nosotros hemos necesitado toneladas de hormigón, hectáreas de
asfalto, kilómetros de cables y millones de aparatos de aire acondicionado para
volver a descubrirlo. A este paso, vamos a conseguir que el botijo parezca el
ser más inteligente de la casa.
Autor: Jesús Cuenca Rodríguez
Imagen digital: Creación Imágenes IA



