Plaza del Arenal, podemos apreciar en la foto las pérgolas que rodean la plaza. Foto Delegación de deportes del Excmo Ayuntamiento de Dos hermanas.

En 1992, Sevilla organizó una Exposición Universal. Y como la celebración coincidía con un pequeño inconveniente que nadie había previsto —el verano sevillano—, alguien decidió hacer algo extraordinariamente sensato: pensar en cómo evitar que millones de visitantes terminaran asados como pollos.

La Expo 92 fue, entre muchas otras cosas, un enorme laboratorio para combatir el calor en los espacios abiertos. Se invirtieron conocimientos, imaginación y dinero en una cuestión aparentemente elemental: cómo hacer habitable una ciudad cuando hace calor. Y, sorprendentemente, se llegó a la conclusión de que la sombra, el agua y la vegetación podían ser de alguna utilidad.

El recinto de la Cartuja contaba con unos 200.000 metros cuadrados de láminas de agua, más de 50.000 metros cuadrados de sombra producida por vegetación sobre estructuras elevadas y unos 30.000 metros cuadrados adicionales de sombra mediante cubiertas y toldos. Las estrategias combinaban agua, vegetación, control de la radiación y sistemas de enfriamiento del aire.

Las pérgolas eran uno de los elementos más llamativos. Y aquí está una de las grandes diferencias con muchas de las que vemos hoy. Las plantas no tenían que empezar su vida en el suelo y emprender una heroica escalada de varios metros mientras los ciudadanos esperaban pacientemente cinco, diez o veinte años a que apareciera la sombra.

Se cultivaban previamente y, en algunos casos, se situaban en grandes jardineras colocadas en la parte superior de las estructuras, desde donde la vegetación podía extenderse sobre las pérgolas y hacia abajo. Para cuando comenzara la Expo, la sombra ya tenía que estar allí. No se esperaba a que llegara por voluntad divina.

Pero la Expo fue más allá. Había nebulizadores y micronizadores de agua que refrescaban el aire, cortinas de agua, fuentes, estanques y superficies frías. La célebre Esfera Bioclimática y otras instalaciones convertían el agua pulverizada en un sistema de refrigeración para el espacio público.

También se experimentó con el movimiento del aire, el enfriamiento evaporativo y la combinación de vegetación, sombra y agua. No se trataba de colocar una fuente bonita para la foto, sino de modificar realmente las condiciones térmicas del recinto.

Es decir, en 1992 se sabía perfectamente que Sevilla era calurosa. Incluso se sabía que en julio y agosto podía ser insoportable caminar bajo el sol. Tan evidente era el problema que se diseñaron soluciones complejas y se realizaron estudios específicos para conseguir que un recinto de 215 hectáreas pudiera ser recorrido y utilizado durante los meses más duros del verano.

En la Expo se registraron temperaturas de hasta 43 ºC, y los sistemas de control del microclima no eran un capricho futurista, sino una necesidad para hacer soportable el espacio exterior.

Y, sin embargo, parece que cuando terminó la Expo también terminó la lección.

Durante años hemos tratado todo aquello como una especie de anécdota tecnológica de 1992. Como algo que se hizo porque la Expo era especial, porque había mucho dinero y porque, en fin, aquello era un acontecimiento internacional.

La sombra, los nebulizadores, las pérgolas vegetales y el diseño bioclimático quedaron asociados a un recinto excepcional, no a una forma normal de construir las ciudades del futuro.

Quizá pensamos que aquello del calor era una cosa puntual. Una extravagancia sevillana. Un problema de cuatro semanas de verano.

Y ahora, en 2026, descubrimos con cierta sorpresa que las temperaturas extremas no eran una anécdota y que el calor se ha convertido en un problema urbano de primer orden.

Ahora hablamos de adaptación climática, refugios climáticos, islas de calor, infraestructura verde y resiliencia urbana. Palabras muy modernas para decir, básicamente, que necesitamos sombra, agua, árboles y espacios públicos que no estén diseñados para cocinar ciudadanos.

Otra vista de Plaza del Arenal. Foto Excmo Ayuntamiento de Dos hermanas

Y aquí volvemos a las pérgolas.

Yo he sido testigo durante unos veinte años de la imposibilidad de ver cubierta una pérgola próxima a mi domicilio. Veinte años esperando que unas trepadoras —madreselvas, concretamente— llegaran a la parte superior.

Finalmente, uno de los últimos ejemplares plantados lo consiguió. Un momento histórico. Pero, en lugar de extenderse por la estructura y cubrirla de sombra, decidió formar una bola compacta en lo alto.

¡Una bola!

A lo mejor lo hizo para joder, como diciendo:

—Yo he llegado hasta aquí. Lo de la sombra os lo organizáis vosotros.

Mientras tanto, en la Plaza del Arenal siguen algunas de aquellas pérgolas de la Expo-92, recordándonos que hace más de treinta años ya se conocía un pequeño truco: si quieres que la vegetación esté arriba, puedes poner las jardineras arriba.

Quizá ahí esté la gran paradoja.

En 1992 fuimos capaces de reunir ciencia, técnica, arquitectura, paisajismo y vegetación para enfrentarnos al calor sevillano. Pero después actuamos como si todo aquello hubiera sido un decorado espectacular que podía desmontarse y olvidarse.

Hoy volvemos a buscar soluciones frente a un problema que ya conocíamos. Hablamos de innovación para hacer lo que, en buena medida, ya hicimos hace más de treinta años.

Solo que entonces parecía un experimento excepcional y ahora descubrimos que era, sencillamente, sentido común.

La diferencia es que en 1992 se diseñó la sombra antes de que llegara el calor. En 2026 seguimos poniendo estructuras y esperando que alguna planta, por su cuenta y riesgo, tenga la amabilidad de resolver el problema.

Autor: Jesús Cuenca.